Primavera del jamás
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina
Como en un ciclo de percepción perpetua
para la temporaria conciencia de los sentidos,
la primavera daba inicio en los pálidos tallos adormecidos.
Todo adquiría su renovado encanto...
aunque lloviera, aunque hiciera frío.
El último domingo de septiembre de ese año del jamás,
se abandonaba en si mismo para siempre...
no sin dejar sus señas sobre la tierra hecha barro
o sobre lo majestuoso de aquellos prados reverdecidos.
Mirando a través de un cristal que separaba el adentro del
temporal,
dijiste en un suspiro...
"La alameda desafía al viento! Está llenando de
rumores esta tarde de aire enrarecido...".
Rumores susurré... y mirando tu ternura imprudente, agregué:
"Si las sensaciones que gobiernan el todo
arrancaran de mi la dolorosa quietud que provoca la
inmovilización de mis sentidos...
e hiciera que mi pena se desgrane a gajos como pétalos del
árbol del olvido...
y pudiera yo verte y adorarte y extrañarte... como
antes de este jamás definitivo,
me confundiría entre los álamos del parque
y escribiría letra para que ellos a ti te cantasen...".
Nada importó demasiado en esa tarde y jamás importará
ya.
Lo majestuoso de la naturaleza,
que es ama y es señora de los destinos,
aún con toda su sapiencia y poder esparcido....
y tú... que eres capaz de poner brillo,
aunque llueva, aunque haga frío...
no fueron suficientes para quitar lo gris de mi corazón
endurecido.
Cada primavera, como en esta, recuerdo a aquella...
la de los álamos y sus rumores que no fueron cantos...
y un cristal, que además de separar el adentro del
temporal,
esparcía gotas de salado sabor a olvido.