El cerro San
Cristóbal está ubicado a 400 metros sobre el nivel
el mar y brinda a sus visitantes la posibilidad de
contemplar Lima de una sola mirada. Dicen que
cuando el cielo está despejado se observan hasta
las playas de Chorrillos y La Punta, la isla San
Lorenzo. De noche impresiona la cruz luminosa de
20 metros de altura, que, imponente, custodia a
los limeños desde hace 71 años, y puede ser
divisada desde las vías que atraviesas la capital.
Muchos aseguran que es luminosa, y realizan
concurridos peregrinajes en Semana Santa y el
primer domingo de mayo.

Parado en el mirador, el joven de rostro severo,
que observa con un binocular a esa Lima que parece
una maqueta en movimiento, se levanta, y,
señalando con su dedo el inagotable y nubloso
panorama, asegura que desde allí se vislumbra,
también, las desigualdades de la capital. Los
caóticos y poblados cerros contrastan con los
modernos edificios y casonas capitalinas. Se
observan techos regados de tierra, baldes, zapatos
que jamás volverán a ser usados; precarias casas
de adobe y cemento; además de caminos polvorientos.

Se admiran, asimismo, los atractivos turísticos, razón por la cual la gente visita estos lares: la Alameda de los Descalzos, el convento del mismo nombre, el Paseo de Aguas, la Alameda de los Bobos, la Plaza de Acho, el cementerio El Angel y la cúpula de la Catedral de Lima. Afluencia disímil. Una mirada por los alrededores permite comprobar que a este mirador ascienden personas de todas las condiciones sociales. Mientras unos aparecen en autos, otros lo hacen a pie, cargando sus maletines con el almuerzo y su refresco de cincuenta céntimos. Los primeros permanecen apenas unos minutos, observan y parten; los segundos, que llegan en grupos numerosos, después de gritar, saltar, jugar, descienden en forma apresurada para gozar de la gratuita complicidad del viento.
La policía turística y los soldados que custodian
las 24 horas del día, son los responsables de
proporcionar seguridad. las unidades móviles,
denominados "urbanitos", efectúan por seis soles
un recorrido turístico hasta el cerro. Parten de
la Plaza de Armas, pero sólo los fines de semana y
feriados, que es cuando acuden más visitantes este
punto de Lima.

De lunes a viernes, la afluencia de pública es
poca. En esos días se observan a escolares que
corretean y colorean con sus travesuras el cerro,
como esos trece niños de Ate-Vitarte que se
empeñaban en hacer evidente sus alegría. Hasta el
mirador y el museo de sitio, donde se aprecia una
exposición fotográfica de Lima, arriban turistas
con guías que relatan leyendas y les venden polos,
gorros y afiches con imágenes del mirador más alto
de Lima: ese cerro que nos mira imperturbable.
Pizarro, el primer devoto. Es una tradición
ascender a pie el cerro y colocar una piedra a las
14 cruces a las 14 cruces verdes distribuidas a
los largo del camino, que representan la caída de
Jesús. Además de esta práctica, existen otras que
datan de tiempos milenarios y que son parte de la
verdadera historia del San Cristóbal. Para los
antiguos peruanos, los cerros que rodeaban los
valles eran dioses protectores o apus, espíritus
guardianes y a la vez castigadores de los hombres.
Al llegar los españoles y en el intento de apartar
de sus idolatrías a los habitantes del país,
plantaron cruces en las cimas y rebautizaron con
nombres de santos los cerros.

Ricardo Palma en un relato de sus Tradiciones
Peruanas, titulado Un cerro que tiene historia,
asegura que Francisco Pizarro Bautizó el cerro con
el nombre de San Cristóbal, por su devoción a este
santo, y ordenó edificar la cruz en agradecimiento
por haber librado a Lima de la invasión comandada
por Tito Yupanqui, enviado especial de Manco Inca.
En 1536 --cuenta la leyenda--Pizarro y sus hueste,
que sólo eran 500, se enfrentaron s 25 mil
guerreros nativos, quienes planeaban toomar el
cetro de la ciudad. Sin embargo, cada vez que
intentaban cruzar el río Rímac eran arrastrados
por la corriente y morían ahogados. Sin aparente
causa lógica, la mañana del 14 de setiembre, día
de la fiesta de la Exaltación de la Cruz, los
guerreros emprendieron la retirada. ¡Milagro de
San Cristóbal!, gritaron los españoles. Después
organizaron una romería hacia la cumbre del cerro,
donde se construyó una capilla y se colocó la
enorme cruz de madera. El terremoto de 1746
destruyó la capilla.

La cruz vigilante. Durante el gobierno del presidente José Balta, esta cruz fue sustituida por una de encajes de fierro colado. La luminosa cruz de 20 metros, que en la actualidad se ve desde cualquier punto del Centro histórico, fue inaugurada y bendecida el 23 de diciembre de 1928. El artífice de esta obra fue el párroco Francisco Aramburú, del convento de Los Descalzos. Cuentan que una noche tuvo un revelador sueño, y como era amigo del presidente Augusto B. Leguía le contó a este los detalles del sueño. "Desde la celda he visto totalmente iluminada la cruz del cerro", le dijo en la mañana siguiente. El primer mandatario dispuso inmediatamente colocar en la cumbre del cerro una cruz de 20 metros de altura, provista de 22 focos, pues planeaba convertirlo en el mirador más alto de Lima. Cada primer domingo de mayo. Si antes de la conquista los antiguos peruanos ascendían a la cima para llevar ofrendas y sacrificios a sus dioses; los españoles y misioneros lo hacían rezando el Vía Crucis y rememorando las estaciones de Jesús. Esta tradición la siguen hasta ahora los religiosos del convento de los Descalzos durante el primer domingo de mayo. EL Párroco Francisco Aramburú organizó en 1929 la primera peregrinación a la cruz de San Cristóbal. Es una de las manifestaciones más devotas de Lima, sin banda de músicos ni otra clase de homenajes.



